El Fuster Comunitario. Dr. Arq. Raúl Navarro Padrón. Diciembre del
2006.
El Diseño Ambiental, en su aspecto más conocido, incluye
tanto el espectro arquitectónico como urbano: es la escala de diseño que
involucra e integra a casi todas las expresiones creadoras vinculadas a
aquellos objetos materiales conformadores de un determinado espacio así como
a las llamadas obras de arte de forma tal que surjan vínculos coherentes con
el contexto en que actúan. Ello sólo puede lograrse si existe una estrecha
colaboración entre los autores y los ciudadanos residentes del lugar, en un
intento por buscar una interrelación y un reclamo de mayores consecuencias
en lo estético y cultural que lo que habitualmente propician las
convencionales galerías y museos en sus espacios privados.
Cuando se habla de diseñar el ambiente en su sentido más
amplio, por lo general se hace referencia al diseño específico de un espacio
público que, independientemente de sus dimensiones −ya sea abierto, cerrado,
natural o urbano− sufre modificaciones mediante acciones concretas de
diseño, que no sólo lo implican como tal sino al gran ámbito que le rodea y
al cual pertenece.
Aunque pueden existir diferencias en el tratamiento y
objetivos a lograr, las intervenciones en tales espacios deben poseer en
común el hecho de formar parte sustancial de lo que hoy se denomina cultura
visual, por lo que deben estar en orgánica correspondencia y consonancia con
los intereses globales del público que será parte de ellas, que las
disfrutará: de ahí que, sobre todas las cosas deben poseer un significado
cultural, espiritual y afectivo para el mismo por lo que la ejecución de
actividades artístico – ambientales en el seno de una comunidad se convierte
en un factor importantísimo en la elevación de la calidad de vida de su
gente. El hecho de que estas acciones estén constituidas por objetos cuya
permanencia temporal son garantizadas a través del soporte creado por su
estructura urbanístico – arquitectónica, en una expresión plástica vinculada
con los signos de identidad instituidos y reconocidos por sus habitantes,
hace que nos encontremos ante un hecho cultural que, en su expresión de arte
público, se reafirma en el papel de activador social de dicha colectividad.
El poblado de Jaimanitas, −asiento del Taller Fuster−,
limita por el Este con las márgenes del río que lleva su nombre y por el
Norte con el Estrecho de la Florida, se extendió en sus orígenes
precolombinos hasta aproximadamente el territorio que abarca lo contentivo
hoy en día por los repartos Siboney y Atabey en el cual, según los restos de
objetos arqueológicos hallados en el sitio, se asentó una comunidad
perteneciente a la cultura preagroalfarera de la cual aparecen referencias
en las Actas Capitulares pertenecientes al siglo XVI. La evolución posterior
de este territorio lo lleva a que, en las actuales circunstancias su
extensión aproximada sea de 11 Km² con una población de cerca de 18 000
habitantes .
José Antonio Rodríguez Fuster se establece en esta
comunidad playera en 1974 año en que funda, en su propia casa, el taller de
cerámica con el cual continúa el desarrollo de su ya nacionalmente conocido
y reconocido trabajo artístico.
La aceptación cada vez mayor de su obra en el ámbito nacional, llama la
atención internacional estableciendo la necesidad de ampliar las capacidades
y objetivos iniciales del taller en aras de dar respuestas a las nuevas
exigencias del mercado y de los cada vez más numerosos interesados en su
accionar creativo.
Los proyectos artísticos de Fuster han ido creciendo no
sólo cuantitativa sino cualitativamente y ha ido evolucionando desde una
praxis inicialmente egocéntrica, en el sentido de una autocomplacencia
artístico – personal, hasta arribar al desarrollo de esa autocomplacencia
artístico – comunitaria que se expresa en la obra que desarrolla desde hace
varios años en los alrededores del hoy internacionalmente requerido, en
diversas galerías de arte, Taller Fuster.
Las inquietudes civiles de este creador se han expresado históricamente
desde que comenzó a construir “sus ciudades” partiendo de maquetas de
viviendas populares individuales con las cuales, tanto el artista como el
público usuario de la muestra, podían conformar, de acuerdo con los gustos
personales y los espacios disponibles, sus propias ciudades en una actuación
artístico – performática que enunciaba, de manera anticipada, las acciones
plásticas que posteriormente se abrirían paso en nuestro país con las
denominadas actividades de arte contemporáneo.
Para Fuster el ejercicio performático es un concepto que
va más allá del propio accionar del artista en la creación de un artefacto,
es la concepción en la cual artista y usuarios, de manera mancomunada,
establecen una participación en que el primero, a partir de una idea
prístina, establece los parámetros generales al cual los segundos se
incorporan de manera directa con sus acciones o indirectamente con sus
ideas, en la confección de una obra que, a partir de ese momento, se
convierte en colectiva trascendiendo el escaso espacio temporal de lo
efímero para establecerse como patrimonio de una colectividad.
La “construcción fusterana de ciudades ideales” ha
evolucionado, desde la dimensión espacial y contenidista del salón de una
galería artística, hasta alcanzar una escala en la cual la obra artística
desborda el estrecho marco de un local exclusivo para la concurrencia de una
selecta audiencia conocedora del contenido del mismo, para invadir el
espacio comunitario y llevar su mensaje de cultura y educación estética a
los ciudadanos que convivirán, entonces, dentro de una obra artística que la
conciben como propia.
La obra de Fuster engaña a aquellos que quieren ver en la
misma solamente un populismo figurativo sin comprender que, al disponer de
un lenguaje plural, su creación instituye una comunicación directa con la
comunidad a la que está dirigida manteniendo la polisemia imprescindible de
toda obra de arte, haciéndola asequible a todo aquel que, sin ser un
especialista, es capaz de sensibilizarse con la misma mientas que, al mismo
tiempo, engendra las condiciones para crear una perceptibilidad artístico –
estética en aquellos que no la posean.
Si se hace un análisis a profundidad de las obras
ambientales de Fuster incorporadas a la comunidad podemos llegar a la
conclusión de que las mismas cumplen, en toda su amplitud, −a la manera
fusterana−, con las funciones asignadas al arte público ya que las de tipo
conmemorativas (Cinco Palmas, los Gallos, Sierra Maestra, etc., vistas con
la óptica popular, mantienen vivos sus significados); las ornamentales,
evidenciadas en las fachadas y muros de los vecinos; las de experimentación,
tanto las propiamente experimentales en el sentido de las técnicas empleadas
(cerámica, ferrocemento, hormigón) como lúdicas (Parque del Ajedrez); la
función integradora, en cuanto al hecho interdisciplinario (Muro de los
artistas), como al participativo de la población y la función señalizadora
en su sentido simbólico, tanto desde el punto de vista personal de los
vecinos (Villa de los Piloña, la Casa del mexicano, etc.) como las que
llevan la impronta de los servicios sociales existentes en la comunidad
(Consultorio del Médico de la Familia), son todas obras que expresan, no
sólo la maestría del artista (evidenciada por si misma), sino su
preocupación por un objetivo mayor, que se constituye en su razón de ser
como humano y artista, que es la de servir con su acción a elevar la
educación estética y cívica de la población en que desarrolla su vida
cotidiana.
Las investigaciones sobre el arte y la crítica a las
acciones predecesoras del arte contemporáneo, así como las realizaciones
llevadas a cabo en este campo en los últimos decenios, ha demostrado que la
obra de arte aislada no es más que un objeto dentro de un mundo de objetos y
solamente alcanza sentido cuando se inserta en un espacio en el cual
interactúa con el entorno en busca de alterar su disposición y crear una
nueva dimensión en el mismo de modo que se propicie una reconsideración de
su estructura por parte de los usuarios.
De todo lo anterior se desprende y emana el sentido de
pertenencia, la aceptación y el reconocimiento, por parte de la comunidad,
de la obra de Fuster insertada ya como un hecho sin precedentes en la
historia de la plástica nacional. |